
En los años cuarenta, EE UU demostró su capacidad para convertir el conocimiento en poder con el Proyecto Manhattan. El trabajo científico de las primeras décadas del siglo XX para comprender la energía descomunal que mantiene unidos los núcleos atómicos se transformó en pocos años en un par de bombas capaces de zanjar de golpe la última guerra mundial. Veinte años después, volvió a conseguir algo similar con el programa que llevó a un puñado de hombres a la Luna.
Estos son dos casos paradigmáticos de las posibilidades que tienen los grandes Estados para transformar la ciencia en aplicaciones que transformen el mundo y quizá con este tipo de proyectos como referencia se lanzó en Europa el Graphene Flagship, la mayor iniciativa de investigación de la Unión Europea. Puesta en marcha en 2013, cuenta con mil millones de euros para invertir en una década. El objetivo es impulsar las tecnologías basadas en grafeno, un material descubierto en 2004 por los rusos Andre Geim y Konstantin Novoselov que, entre otras propiedades sorprendentes, conduce la electricidad mejor que el silicio, el sustrato sobre el que se ha construido la sociedad de la información.


















